El mito de la llegada

EL MITO DE LA LLEGADA

El mito es creer que al cumplir determinados objetivos se llega también a la felicidad permanente.
A través de cuentos y leyendas de diferentes épocas que todos conocemos, los protagonistas después de vencer dificultades y obstáculos, llegan a obtener algo que les asegura la felicidad eterna: “…y fueron felices para siempre”  “…y fueron felices y comieron perdices”. Ya no hay motivos para sufrir, lo peor ya pasó, y ahora llegó la felicidad para quedarse, la vida tal cual la queríamos, felices con nuestros logros: buena situación económica, casa, familia, y satisfechos con nosotros mismos.
Es ese estado de ‘permanente felicidad’ prometido lo que convierte la llegada en mito porque es darle más valor del que tiene en realidad, siendo además imposible, porque en la vida siempre hay desafíos que enfrentar, problemas que solucionar y situaciones que nos hacen sentir mal o sufrir.

¿El mito de la llegada como mandato familiar?

En algunos casos “la llegada” -supuestamente garantía de felicidad- ni siquiera es dirigido a una meta elegida por nosotros. Ya no se trata de creer en el mito sino aceptar el argumento familiar y someterse a él: “Cumplí, estudié, me casé, tuve hijos, pero no era lo que yo quería”. Estoy insatisfecho y me di cuenta de que lo que hice fue para conformar a mis padres.
En este caso una vez que se hacen todos los esfuerzos y finalmente se logra el objetivo, enseguida aparece la sensación de un gran vacío: ¿Es esto lo que quiero para mí? ¿Decidí lo que quise o hice lo que otros quisieron?  “Me recibí de abogado, terminé mi carrera universitaria, pero ahora me doy cuenta de que la Abogacía no es lo que me gusta. En realidad, lo que me gusta es el Teatro.  Seguí Abogacía por tradición familiar,  era lo que mis padres esperaban de mi”.

Si el mandato familiar hace que nos exijamos para ser ‘perfectos’, tener una profesión, una familia, un bienestar económico, etc., estos grandes esfuerzos para llegar a lo que tal vez no nos interesa pesan mucho más que si los hiciéramos por propia elección.
Quedamos atrapados en el argumento familiar, en el plan  de vida que se transmite de generación en generación y que contiene las expectativas, mensajes y mandatos de todo el árbol familiar. Funciona como plan porque nos dice qué hacer en cada momento de nuestra vida y, cuando se cumple un paso nos dice cuál es el siguiente.
Argumento es la prueba o razón para justificar algo como verdad o como acción razonable, consistente y coherente con un sistema que no admite contradicción. En el caso del mandato familiar apela a la tradición, es una falacia lógica que implica que si algo viene haciéndose desde hace mucho tiempo, es porque está bien, es verdadero y no hay razones para cambiarlo. No se cuestiona.
Se asume que las causas que dieron lugar a un comportamiento en la antigüedad continúan siendo válidas; sin embargo, si las circunstancias han cambiado, el razonamiento no es válido.
Lo más grave es que no se tiene en cuenta la individualidad y exige aquello que será determinante en la vida sin permitir otra opción.
En estos casos hay que diferenciar los que se dan cuenta y se rebelan, los que se someten, y los que ‘se la creen’, viven la vida en  ‘piloto automático’ y siguen repitiendo el argumento familiar con sus hijos.
Se espera que nos acomodemos a la forma de pensar y sentir de nuestro sistema familiar.
Entre otras posibilidades, esto puede llevar a alejarnos de aquello que somos y queremos para adaptarnos a las expectativas y objetivos que otros tienen para nosotros y así recibir afecto y reconocimiento.

¿Y ahora qué?  Una vez que llego, qué hago?

En caso de descubrir que la llegada a esa meta o el cumplimiento del mandato familiar no nos da la felicidad permanente, podremos vivir con angustia, desconcierto, depresión, manifestando incapacidad de reaccionar, y continuar sosteniendo todo mintiéndonos a nosotros mismos.
Podremos elaborar la frustración y encarar nuestra vida con un criterio más realista y personal, ya sea haciendo lo mismo con una actitud diferente, desarrollando simultáneamente otras actividades que nos brinden satisfacción, o cambiando radicalmente nuestra vida.

Si queremos cambiar nuestra vida, ser partícipes y protagonistas tendremos que:

  • Hacernos cargo y elegir nuestras propias metas, confiando en nuestras capacidades para decidir sobre lo que queremos y hacer lo necesario para lograrlo.
  • Aceptar que lo que queremos es distinto a lo que otros esperan de nosotros.
  • Expresar lo que pensamos y sentimos.
  • Buscar el apoyo y la contención de personas adecuadas para que nos acompañen en este nuevo camino.

Para tener en cuenta:

  • La felicidad no es una vida sin problemas, vivir bien no es “sentirse bien” todo el tiempo, ‘vivir bien’ incluye reconocer el dolor, superar problemas y dificultades y estar siempre comprometidos con todo lo que nos pasa.
  • Es necesario aprender a evitar los problemas que se pueden evitar, no crear problemas que no existen, aceptar los que no dependen de nosotros y trabajar para superarlos.
  • Aceptar los que no dependen de nosotros no quiere decir que nos tienen que gustar, quiere decir no resistirnos porque al resistirlos los hacemos más fuertes. Al aceptarlos podemos dedicarnos a hacer lo necesario para superarlos o acomodarlos, darles significado, y seguir adelante.
  • Si tenemos, por ejemplo una enfermedad que se cura, una frustración porque nos fue mal en un examen y podemos darlo otra vez, reconocemos que son cosas que se superan; si se trata de una pérdida permanente de la salud por una enfermedad crónica o invalidante, o la muerte de un ser querido, no podemos decir que ‘lo superamos y todo sigue como si nada hubiera pasado’, tenemos que hacer el duelo y aprender a vivir de una manera distinta, ‘acomodamos’ ese dolor en nuestras vidas para poder seguir adelante.
  • Descubrir que “no hay llegada a la felicidad, la felicidad es el camino bien vivido” para lo cual es necesario tener los recursos que nos permitan disfrutar al máximo y sufrir lo mínimo posible.

    El cuento del rey que quería el secreto de la felicidad

Un rey que vivía triste e insatisfecho con todo, decidió ofrecer una recompensa, una bolsa llena de monedas de oro, al que le diera el secreto de la felicidad.

Se hizo una larga hilera de personas que suponían tener ese secreto y aspiraban a la recompensa.

Uno le dijo:

-“Majestad, usted tiene los medios para viajar por el mundo, viajando va a encontrar la felicidad”.

El rey, que ya había viajado bastante agradeció y se dispuso a escuchar al siguiente:

-“Majestad, usted puede estar rodeado de lindas mujeres, con ellas va a encontrar la felicidad”

Sin palabras, el rey agradeció e hizo pasar al siguiente.

-“Majestad, usted puede comprarse un barco y el mejor equipo de pesca, en el medio del lago, pescando ahí está la felicidad”

El rey después de escuchar un montón de sugerencias por el estilo pensó que tal vez el secreto de la felicidad no existía, cada cual creía que estaba en aquello que deseaba y no tenía…

El último aspirante a la recompensa era un anciano que le ofreció un anillo y le dijo:

-“Tenga este anillo siempre en su dedo, Majestad”.

El rey mira el anillo, mira al anciano con cara de interrogación y el anciano le dice:

-“Lea lo que dice en el interior”

El rey lee: “Todo pasa”, y mira al anciano nuevamente.

El anciano le dice:

-“Majestad, cuando usted está pasando un mal momento, cuando todo parece terrible, toca el anillo y recuerda ‘Todo pasa’ y eso le dará fuerzas para sobrellevarlo mejor. Cuando está pasando un momento maravilloso y todo le parece hermoso, toca el anillo y recuerda “Todo pasa” y… ¡lo disfruta más intensamente!”.

Así es como el anciano ganó la recompensa.

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